Madrid. Mitad de los 90. En la cola de cualquier garito mítico de la época – RKO, Attica… – o incluso dentro de la pista de baile, daba igual que fuese enero que julio, un vistazo rápido te devolvía la imagen de algunos jóvenes ataviados con un plumas bicolor. No es que hiciese frío, es que se trataba de un Pedro Gómez, probablemente el mayor símbolo textil de poder en la noche de la capital. Como afirman muchos – hecho que todavía se puede leer en algunos reportajes hablando de esta pieza – quien tenía uno era o alguien con pasta o alguien con respeto. Pero empecemos por el principio: ¿qué es un Pedro Gómez?

Ensombrecidos por la fulgurante vida nocturna y el imaginario que se construyó alrededor de la década anterior, los 90 nunca han gozado de esa etiqueta de «míticos» que se merecen. Sin embargo, en nuestro país fueron todavía unos años eléctricos. En España, nos plantamos en los 90 marcados por hitos como la caída del muro de Berlín, el fin de la guerra fría, los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992 o la crisis económica que vivimos un año después.

Lo cierto es que los 90 fueron trepidantes, de ciertos extremismos y contradicciones. Años en los que se produjo un aperturismo completo del país, un desarrollo sociocultural que, a la vez, estuvo marcado por el desencanto existencial. Obras como Historias del Kronen – la novela de José Ángel Mañas llevada al cine por Montxo Armendáriz – definen muy bien el clima de estos años en Madrid. En este contexto, que da para un estudio sociológico mucho más profundo que el que puede darse en dos simples párrafos, se produjo en España un desarrollo de todo tipo de tribus urbanas, continuando con lo que ya comenzó en los 80. Y, por supuesto, Madrid no fue ajeno a todo esto: pijos, rappers, bakalas, skaters y heavies se daban cita en la noche de Madrid en función de la discoteca o zona, a veces hermanados, otras acabando a golpes, robando o siendo robados dependiendo del grupúsculo al que se adscribiese cada cual.

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En este escenario cada tribu tenía sus costumbres, ritos y pintas. Influenciados fuertemente por la cultura de la noche, la vestimenta era más que una función o una expresión de gusto: era un uniforme identitario. Unos náuticos, una camiseta Powell Peralta, una bomber MA-1… pero si algo ha pasado a la categoría de mito, eso es el Pedro Gómez.

Pedro Gómez era una marca de productos para la nieve que se comercializaba en la tienda El Igloo, en Cuatro Caminos. El nombre proviene del sastre, un fondista esquiador con cierta fama en la Comunidad de Madrid. Eran piezas técnicas, producidas casi de forma amanuense, y entre los best-seller se encontraban sacos de dormir o chaquetas plumíferas. Navegando por internet todavía se puede encontrar la patente del relleno del primero perol, sin duda, lo que ha quedado para el recuerdo son sus plumas.

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Los Pedro Gómez eran nada más y nada menos que unas chaquetas plumíferas que destacaban por su apariencia bicolor. A la hora de hacértelo podías elegir qué color querías para la parte de arriba y para la de abajo de entre una selección limitada de telas. Otro detalle característico de estos plumas era que podían quitarse las mangas dando lugar a un chaleco que le aumentaba el toque canalla. Además de por los colores locos, un Pedro Gómez se identificaba por las insignias de El Igloo, la tienda en la que se comercializaban y que rápidamente se convirtieron en un icono indispensable en el armario de pijos o canallas.

No solo era que un Pedro Gómez fuese único, es que suponía un esfuerzo hacerse con uno. Los Pedro Gómez costaban entre 40.000 y 50.000 pesetas. Recordemos que, en 1996, el sueldo medio español era de alrededor de 200.000 pesetas, por lo que estas chaquetas eran un objeto de elevado precio y, por tanto, de notorio deseo. De ahí que surgiese toda esa leyenda negra alrededor de los Pedro Gómez como piezas generadoras de conflictos, peleas y robos: llevarlo era sinónimo de acabar teniendo movida. Y si no la tenías es que podías considerarte, sin tapujos, un malote. Su precio elevado hizo que, además, otras marcas de corte similar como KIWI, Verlac o Roc Neige – al que la tipografía de su logo no ayudaba demasiado y por eso muchos conocíamos como Roc Noice o incluso Roc Noico – se pusiesen de moda de forma paralela como producto sustitutivo.

¿Qué tuvieron los Pedro Gómez para que hoy estemos hablando de ellos? Como todo objeto de culto que surge a raíz de una moda, es difícil determinar cuándo algo se convierte en tendencia y el motivo.

La ropa técnica siempre ha gozado de adaptación y estatus de culto entre las tribus más alejadas de posiciones políticamente correctas. A esto hay que añadir los motivos que ya hemos comentado: la capacidad de personalizarlo, lo caros y llamativos que eran y, en definitiva, el ya citado componente de criminalidad que siempre ayuda a que se forje el carácter de mito. Podemos decir que hoy nos acordamos de los Pedro Gómez porque eran 100% macarras – sin intención despectiva en la utilización de este término.

Es por esto que no podemos olvidarnos de esas leyendas populares que nunca se han acabado de esclarecer (o, directamente, que nunca han sido ciertas). Se dijo que desaparecieron porque el dueño – nunca se aclara si se refiere al de la marca o al de la tienda en la que se comercializaban – se fugó de España con ingentes cantidades de dinero. Otras fuentes comentan que cesaron su comercialización porque se robaban más Pedro Gómez fuera de la tienda de los que se vendían dentro. La explicación más racional que podemos encontrar por internet es que los Pedro Gómez desaparecieron porque su creador decidió jubilarse. Y como contrapunto a todo este imaginario, la traca final: la prenda favorita de los bakalas madrileños lo fue también del Rey Juan Carlos I, de quien se dice que fue fan de la marca.

Sea todo esto bulo o realidad, lo cierto es que los Pedro Gómez son un mito callejero. Tanto, que siguen vivos a día de hoy en páginas y aplicaciones de compraventa. Historia del Madrid – o de sus jóvenes – de los 90.

Al Sobrino

Ilustraciones por Ales Div

 

29/11/18