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Origen e influencia del skate

Publicado por el 19/02/2020 en Artículos

 

El skate fue, prácticamente desde sus inicios, un movimiento que entró con fuerza en la sociedad. Entendido como un acto vandálico por muchos y como una forma de auto expresión por otros, lo que comenzó en las aceras de la Costa Oeste se ha convertido en un fenómeno mundial que engloba deporte, moda, música y un constante sentimiento anti mainstream.

Todo surgió como un pasatiempo para los días sin olas en los que la tabla de surf tenía que quedarse esperando en el garaje. Buscando un formato similar, se probó a atornillar unos ejes con ruedas a una pequeña pieza de madera para “surfear” la ciudad. Desafortunadamente, tener que patinar con ruedas de metal o arcilla no proporcionaba la misma sensación que estar sobre las olas y, aún siendo deportes hermanos, no se podía comparar lo que se sentía al practicarlos.

Es por ello que el boom de los primeros monopatines duró relativamente poco. Era complicado conseguir los materiales y estos no otorgaban un rendimiento como para tirar cohetes. Pero en 1973 cambió el juego. Frank Nasworthy inventó las ruedas de uretano, que permitían un deslizamiento mucho más suave, cómodo y controlado. La noticia corrió como la espuma y quedó patente que esta era la innovación que el fenómeno necesitaba. Junto a las mejoras de los sistemas de rodamiento, los surfistas ya podían saltar del mar a la acera sin acusar el cambio de superficie.

 

 

Hasta entonces, las disciplinas más comunes eran el slalom y el freestyle. La primera implicaba deslizarse de lado a lado de la calle –a poder ser cuesta abajo– con balanceos similares a los del surf. La segunda consistía en realizar trucos y acrobacias en una superficie plana, con muy poca velocidad e incluyendo elementos propios del baile.

Sin embargo, gracias a los pequeños desarrollos técnicos en cuestión de movilidad, se abrieron nuevos horizontes para su práctica. Ya no era tan necesaria una pendiente, puesto que se podía alcanzar la misma velocidad en plano y surgió el street skateboarding. Consistía en recorrer la ciudad haciendo uso de bancos, barandillas, bordillos y cualquier cambio de superficie en el que poder realizar trucos. Aquí comenzó todo.

Paralelamente aparecieron marcas como Vans o Santa Cruz, creadas por skaters, que se fueron desarrollando de la mano junto con la práctica deportiva de la que bebían. Una nueva tipología de producto era necesaria, ya que había usuarios que todavía patinaban descalzos –recordemos los orígenes surferos– o con calzado poco adecuado que no resistía las exigencias. Los atletas tenían Nike, los jugadores de baloncesto usaban Converse y en el fútbol reinaban adidas y PUMA. Rápidamente Vans se erigió como el calzado de los skaters, gracias a su comodidad, ligereza, buen agarre sobre la tabla y estética atemporal.

 

 

A su vez afloraron las competiciones locales en las que destacaron numerosos equipos, entre ellos el Zephyr Competition Team, o Z-Boys, como se les conocía coloquialmente. En este club estaban unos jóvenes Stacy Peralta, Jay Adams y Tony Alva, que sin saberlo acabarían convirtiéndose en leyendas de este deporte. 

Con ellos apareció el vert skateboarding. En el sur de California la sequía era acusada todos los veranos y, en ocasiones, ni siquiera los más ricos eran capaces de llenar sus piscinas ante la escasez de agua. Es por ello que los jóvenes comenzaron a colarse en casas ajenas para aprovechar los magníficos bowls que suponían dichas piscinas. Gracias a sus superficies lisas no era casi necesario impulsarse, se podía realizar un recorrido cíclico continuo y las paredes verticales permitían llevar a cabo saltos hasta entonces inimaginables. Todo un mundo de movimientos esperaba a ser descubierto ahora que el patín despegaba del suelo.

 

 

Además, cualquiera podía fabricar su propia tabla de forma rudimentaria haciendo uso del espíritu DIY, que estaba a la orden del día. La complejidad de montaje de un monopatín es mínima, por lo que todo el mundo podía cambiar los ejes, las ruedas o pintar la madera a su estilo. De la misma manera se customizaban las tablas y se hacía lo propio con zapatillas y ropa. Las Vans, cuanto más sucias, mejor. Y si tienen un ‘SK8 OR DIE’ garabateado en el lateral de la suela, más todavía. Este deporte siempre ha sido callejero, y actos así eran todo un statement hacia una búsqueda involuntaria de un lenguaje propio.

Dicho lenguaje llegó de la mano de marcas como Powell Peralta, Independent o Vision. Los diseños de las tablas aplicados en camisetas tuvieron un rotundo éxito. Camisas de franela –cómodas y abrigadas para los días con peor clima– o pantalones cargo –que permitían maniobrar con comodidad– completaban un look que poco a poco se fue democratizando, independientemente de si alguna vez habías subido sobre una tabla. Los resistentes Dickies siempre eran una buena opción, y una gorra para que la melena no molestase en la cara era fundamental. Sin buscar una apariencia concreta, sino respondiendo a las necesidades de los usuarios, se comenzaron a sentar las bases de la estética de los que practicaban este deporte.

Por otro lado, en los 80 se crearon diversas revistas especializadas, por ejemplo Thrasher Magazine o Transworld Skateboarding Magazine, como una nueva forma de difundir la cultura. Asimismo apareció el VHS, y pronto se comenzaron a grabar los primeros vídeos patinando por la ciudad. Con un ritmo frenético y acompañados por punk-rock, se hicieron famosas diversas compilaciones de saltos, trucos y discusiones con viandantes que en muchas ocasiones acababan llamando a la policía. Estos clips, lejos de ser superproducciones, estaban creados con presupuesto nulo y habilidades de montaje y edición escasas, pero rebosaban la esencia del movimiento.

 

 

Hoy en día todo se cuida mucho más y ya no somos tan punk como antes. El contexto y la sociedad han cambiado enormemente en esos aspectos, pero hemos heredado ciertos códigos del skate OG. Surgieron en la calle de forma más arbitraria que estudiada y responden a unas necesidades concretas de quien lo practica. La estética trashy de la época ha evolucionado a un desenfreno cuidado y controlado, como un efecto dominó en el que todo cae pero siempre sabes qué va a ocurrir.

Al alcance de cualquiera y sin necesidad de una preparación previa, los jóvenes de hace 50 años se lanzaron a surfear el asfalto. Medio siglo después, sigue pasando lo mismo. La cultura skater es un fenómeno global que ha perdurado con el paso del tiempo y ha construido una identidad propia y reconocible.

Las tendencias van y vienen de forma cíclica, por lo que el skate no ha dicho ni de lejos su última palabra. Lo que está claro –y hay que reconocerle– es que gracias al monopatín apareció un nuevo mundo, puesto que las calles se convirtieron en zonas completamente nuevas con las que interactuar. 4 ruedas de uretano cargan con orgullo con el peso de un movimiento imperecedero.

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