En sus memorias publicadas en 2019, Dapper Dan recuerda la primera vez que entró en una tienda de lujo. Tras ver en las calles de Harlem un bolso con el monograma de Louis Vuitton se le ocurrió crear un conjunto cubierto en ese patrón de L y V. Se subió a un coche, fue hasta la Quinta Avenida y se acercó hasta la tienda para inspeccionar y estudiar el bolso de cerca. “Los ojos del portero nunca se apartaron de mí”, dice. “Hablar con los dueños de una marca como esa y plantearles colaborar estaba fuera de toda posibilidad, aunque las prendas de mi estudio eran tan caras y estaban tan bien hechas como las de allí”.

Décadas después, Dapper Dan ya era una leyenda viva del hip-hop. Eric B, Rakim, Jay-Z, Mike Tyson. Una lista de decenas de artistas y miembros fundacionales de la cultura neoyorkina le encargaban piezas cada día, reinterpretaciones de las principales casas de lujo europeas adaptadas a los códigos de la calle y de su comunidad. Los departamentos legales no tardaron en echarse encima de Dan, pero para entonces él ya había dejado su huella en la historia de la moda.

Corte a varias décadas después. Réplicas de las camisetas utilizadas por los trabajadores y trabajadoras de DHL aparecen en las colecciones de Vetements, la firma que llevó a Demna a tomar las riendas de Balenciaga poco tiempo después. En las tiendas de Gucci cuelgan camisetas con el estampado de un oso de peluche y la inscripción “GUCCY” bajo la dirección creativa de Alessandro Michele. Virgil Abloh toma flechas, comillas y la tipología Helvetica y las convierte en la parte central de su universo visual.

Aunque difusas en su definición literal – algo así como “todo aquello fabricado, distribuido o vendido ilegalmente” – las líneas que separan un bootleg de una falsificación nunca han sido más claras.

A finales de los 60, los Grateful Dead animaban a todo aquel que fuese a su concierto a grabar la experiencia y a compartirla con quien quisieran, iniciando un mercado que terminaría convirtiéndolos en uno de los grupos con más mística de sus tiempos. Fue una camiseta del grupo, un bootleg de los años 80, la que sembró la idea inicial de lo que terminaría convirtiéndose en Online Ceramics.

Frente a las copias masivas, fabricadas en masa en condiciones inciertas, el desarrollo de un bootleg implica también una fase de diseño, una capa de interpretación artística que sea capaz de evolucionar un símbolo o una idea y que deje un espacio para el humor, la protesta social, la política o las referencias a la comunidad específica a la que va dirigido.

Jonah Weiner propone en Blackbird Spyplane una separación de cinco categorías para este tipo de productos:

Falsificaciones artesanales. Auténticas obras de arte – de forma literal – que están en el punto exacto entre lo criminal y el virtuosismo. Hablamos aquí de Elmyr de Hory, de Han van Meeregen, de Wolfgang Beltracchi.

Infractores de derechos de autor. Personas que toman la IP pero la llevan a mundos completamente distintos que expanden y retuercen el universo del que provenían. Dapper Dan entra aquí, también los millones de camisetas con diseños de Mickey Mouse o Bart Simpson en situaciones que jamás hubiesen aparecido en sus respectivas obras originales.

Falsificaciones tan cutres que tienen encanto. Te viene a la cabeza enseguida: erratas en los nombres de las marcas, logos editados de forma chapucera. Localizables al instante, sumergidos en una fina capa de kitsch.

Imitaciones piratas. Las copias baratas – a veces ni eso – de productos que pretenden ser réplicas exactas de otro sitio quedándose cortas muy a menudo. Una suerte de atajo al estatus, un reducto de la cultura del hype que acaba dejando entrever el vacío que rodea tantos y tantos lanzamientos y colaboraciones.

Piezas inalcanzables por vías oficiales. Probablemente nunca hayas escuchado el 10/15 de C. Tangana de forma legal, sino que desde hace años sólo se puede acceder a él por los vídeos que han subido cuentas anónimas a YouTube o a Spotify, personas que descargaron un .zip en su momento y que ahora lo preservan de esta forma.

Si entendemos que el juego de la moda se construye sobre todo sobre una cosa cínica, jerarquizada, los bootlegs son una especie de trampa que consigue conectar los mundos de arriba y abajo. No es legal pero tampoco va de que sea legal. Va de crear cosas con significado y con vida propia, de hablarle a alguien en sus códigos. Y cuando sucede – y no es fácil que suceda – el bootleg se convierte en una de las expresiones más honestas de la cultura.

Alber Montalvá