En principio, Spike Jonze no parece el tipo de persona que pueda encajar del todo en Hollywood. El talento es evidente, su filmografía es envidiable, y aún así su presencia en la industria se percibe como por accidente. Parece un infiltrado en las alfombras rojas, con el pelo desordenado y una actitud irónica, casi adolescente. Jonze – Adam Spiegel, en realidad; le debe su nombre artístico al dueño de una tienda de skate donde pasó buena parte de su adolescencia, quien le llamó así en referencia a Spike Jones – creció entre tablas de skate y bicicletas de BMX, con una cámara en la mano y tratando de madurar una sensibilidad convirtiendo en imágenes algo que es, por definición, indomesticable. Décadas después, su cine aún conserva ese impulso inicial, imágenes que se mueven por el instinto no tanto de impresionar como de sentir y, sobre todo, hacer sentir.
En 1991, Jonze estrena su primer vídeo de skate. Protagonizan la cinta Mark Gonzales – probablemente el skater más influyente de siempre – junto a Guy Mariano, Rudy Johnson, Jordan Richter y Jason Lee. Hasta ese momento, los vídeos de skate eran registros puramente funcionales, secuencias de trucos editados sin mucha intención. Jonze tomó el género y le dio la vuelta introduciéndole narrativa, una historia- El vídeo dio la vuelta al mundo y es considerado el vídeo más importante de la historia del skate, filtrándose en todo lo que vino después. También supone el primer acercamiento a lo que sería la carrera de Jonze, trabajando en los espacios entre la planificación y la espontaneidad, entre el artificio y el compromiso absoluto con la verdad.
El salto al videoclip se dio de manera natural. Fue capaz de canalizar la energía caótica de los Beastie Boys en una parodia de las series policíacas de los 70 para “Sabotage” o convertir a Christopher Walken en un espíritu atrapado en el cuerpo de un mafioso en un vídeo para Fatboy Slim. Sus videoclips no buscaban únicamente acompañar la canción sino amplificar el universo artístico que planteaban, explotar todas sus posibilidades valiéndose de lo emocional, de lo absurdo, de lo irónico.
Apurando el final del milenio, en 1999, da el salto a la gran pantalla con Cómo ser John Malkovich, con un guion firmado por Charlie Kaufman. La película es una locura, una broma que no debería haber funcionado: la historia sobre un portal a la mente de un actor famoso al que se accede desde el interior de una oficina. Este debut, una brillante reflexión alrededor de la identidad y el deseo, le valió una inesperada nominación a un Óscar en su primer intento, una anomalía absoluta en la industria. Repitió dupla con Kaufman en Adaptation, una nueva historia con la que trataban de jugar con los límites entre autor y personaje, un malabarismo narrativo que resultó algo incomprendida en su momento y que era tan personal como alejada de la realidad.
En realidad, su primer acercamiento real al cine se dio años antes, cuando se le encargó la adaptación del libro infantil Harold and the Purple Crayon. Tras un año y medio de trabajo, el proyecto – una mezcla atípica de animación y acción real – se cerró lanzando un muñeco de dos metros y medio desde la azotea de un doceavo piso, viendo como se destrozaba. “Había ido alejándose, poco a poco, de lo que yo estaba intentando hacer. No me daba cuenta de que las cosas no se corrompen de golpe, sino que lo hacen milímetro a milímetro, de forma que solo te das cuenta de lo lejos que estás cuando miras atrás y ves dónde querías ir y dónde has terminado en realidad”, contaba sobre el proyecto fallido años después.
Solo a partir de este fracaso se entiende su posterior incursión, una década después, en el cine infantil. En Donde viven los monstruos, Jonze deja a un lado la saturación cromática y la evidencia de las lecciones morales a favor de una exploración precisa, microscópica, de la melancolía. No fue un éxito en taquilla, pero con el paso de los años encontró su público. Parece lo lógico para una película así.
La búsqueda de seguir únicamente su instinto y de contar su propia verdad termina cristalizando en Her, quizá su gran obra. La película, leída por muchos como una carta de respuesta a Lost in Translation – Jonze estuvo casado durante los primeros años de los 2000 con Sofia Coppola – y que retrata a Joaquin Phoenix como a un hombre perdido que encuentra en una inteligencia artificial – con voz de Scarlett Johansson, protagonista de Lost in Translation – la solución a algunos de los problemas que le plantean las relaciones convencionales, a su relación con la pérdida y a su transición por un duelo que se niega a abandonar. Sorprende la lucidez en la predicción del desarrollo de la tecnología y la disección quirúrgica y profundamente emocional de una mente que le valió un premio Óscar a mejor guion original, consolidándose en la cima de Hollywood.
Spike Jonze es una anomalía en la industria. Su obra requiere de la búsqueda de espacios muy concretos, del planteamiento de situaciones casi surrealistas, para atreverse a transitar por lo emocionalmente complejo, por lo frágil o lo inacabado y para contestar como nadie a, en realidad, las preguntas de siempre.