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La vida y obra de Alexander McQueen: la historia de un rebelde empedernido

Publicado por el 10/11/2020

La que nos ocupa es una historia excepcional donde puede que lo tormentoso entumezca a lo jovial, al menos a ratos. Pero sin duda, es una historia emocional de una vida llena de pasión, de rebeldía y de arte en mayúsculas. En 2018, Ian Bonhôte y Peter Ettedgui retrataban la historia de Alexander McQueen en un documental póstumo en el que amigos, conocidos, y una industria entera exaltaban la figura de uno de las mayores genios de la moda de finales del siglo XX y principios del XXI. Una historia de celebración pero también de decadencia, cuyo final puso de luto al mundo de la moda. La de hoy, es la historia de un mito que dejó un legado: sus creaciones y una huella imborrable en la memoria colectiva.

McQueen nació en Londres en 1969 y fue el más pequeño de seis hermanos. Su padre era taxista y su madre, ama de casa y profesora de genealogía. El tema de los ancestros fue una de sus mayores obsesiones, pero también el de las aves. De hecho, es curioso que desde niño Alexander fue miembro del Club de Jóvenes Ornitólogos de Gran Bretaña. Le encantaba admirar la libertad del movimiento de estos animales desde su tejado, quizás eso tiene algo que ver con que pasado el tiempo, decidiera volar tan alto y con tanta libertad.

La pasión por la moda fue algo innato en él. Desde bien pequeño, supo que quería pertenecer a la industria. No fue buen estudiante, y es que se pasaba el día dibujando y leyendo libros de moda. A los dieciséis decidió abandonar la escuela y entró a trabajar en una sastrería de Savile Row, Anderson & Sheppard. Allí aprendió de los mejores sastres y desafió a los más conservadores.

Después de pasar por varios talleres, decidió abandonar ese mundo para formarse. Así, acabo en la Central Saint Martins, donde estudió un posgrado en diseño de moda. Gracias a los ahorros de su tía, pudo financiar el precio de la matricula. Fue un alumno irreverente, y nunca se cortó en hacer ver a sus profesores que sabía más que ellos. Asombrado por todo lo que descubría con la pureza de alguien que no había recibido una educación convencional, esta etapa le abrió a un mundo de fantasía, de sabiduría, de creatividad.

Su primer desfile fue su proyecto final de Saint Martins. Allí, una de las figuras más representativas de la industria de los noventa, Isabella Blow, lo descubrió y quedó encandilada con cada una de las prendas. De hecho, le compró toda la colección y se convirtió en su mentora y amiga.

El mundo de la noche y la cultura club también le inspiraron a la hora de crear. Lee -su verdadero nombre- se sentía atraído por lo oscuro, por lo prohibido, por lo que pasaba en la ciudad cuando las luces se apagaban y la música empezaba a sonar.

La mayor obsesión de McQueen siempre fue hacer sentir algo al espectador: fuera rechazo o euforia. Daba igual, pero quería provocar emociones fuertes. La idea de las colecciones nunca fue producir ropa, sino crear un espectáculo, producir algo: sus desfiles no eran nada más allá que “marketing para conseguir dinero”, en palabras suyas.

Sobre todo en sus inicios, las prendas que creaba eran imposibles de reproducir: estaban hechas con cinta adhesiva, bolsas de plástico… Sus ideas eran locas pero geniales: pasar un neumático por encima de un traje, un vestido hecho con papel film, pantalones de tiro tan bajo que podía verse el vello público. Provocador, como mínimo. Pero genial. La crítica fue despiadada. Puede que les diera motivos, y es que sus inicios fueron extraordinarios a todos los niveles.

Cada uno de los desfiles del diseñador fueron espectáculos en los que hacia alarde de su creatividad desenfrenada. Provocación, rebeldía, transgresión… Todo se elevaba a la máxima potencia. Espectáculos oníricos, exuberantes, que en ocasiones rozaban la vulgaridad y la repulsión. Su pretensión se desarrollaba con éxito: nadie quedaba indiferente.

Uno de sus desfiles más sonados fue “Highland Rape”. El escenario fue el Museo de Historia Natural de Londres, en el 95. Las modelos aparecían en escena como si acabaran de ser violadas: despeinadas, con las prendas rotas. Suponía un viaje a lo más oscuro y tenebroso. Como podréis imaginar, el espectáculo no estuvo exento de polémica. McQueen apareció en todos los titulares y se le llegó a tachar de misógino. Presentar a mujeres con ese aspecto y en esas condiciones fue considerado repulsivo e hiriente para muchos. Pero al final, todo eso no era más que un reflejo de su vida y de sus vivencias más traumáticas.

Ya en un viaje de estudios a París, McQueen manifestaba a compañeros su rechazo a la moda clásica parisina, que para él era aburrida y desfasada en el tiempo. Quién le iba a decir que años después, justo en el 96, iba a pasar a ser el director creativo de Givenchy, una de las casas de moda parisinas por excelencia. Según declaraciones del diseñador, la enorme cantidad de dinero que le ofrecían por ponerse al frente de dicho cargo, le hizo tomar la decisión: “así podría utilizar ese dinero para hacer más grande Alexander McQueen”.

Su andadura en la maison fue de lo más sonada. Pero quizás nunca encajó. Al fin y al cabo, él y su equipo no eran más que jóvenes soñadores con ganas de comerse el mundo. Acostumbrado a la libertad con la que trabajaba en su marca homónima, la presión a la que se vio sometido en la casa francesa le sobrepasó.

Puede que la telas fueran mejores, los acabados más perfectos. Pero la esencia de las piezas era McQueen. En el desfile debut, el diseñador británico vistió a las modelos Givenchy con cuernos enormes, y dejó incluso los pechos de alguna de ellas al descubierto. Todo enmarcado en un paraíso blanco y dorado. El espacio sofisticado y que tanto contrastaba con sus origen no produjo ningún cambio en su forma de crear. Esa era su esencia, y si lo habían contratado, debían de saberlo. Las críticas estaban de más. Querían hundirlo, pero él supo pelear. McQueen abandonó la casa en 2001, y puede que esa experiencia le sirviera para encontrar su lado más delicado.

 

La sofisticación parisina chocaba con la locura londinense. Era en su ciudad donde Lee era él mismo: salvaje e intenso. Mención especial merece el desfile en el que unos estudiantes de diseño provocaron un incendio al intentar colarse. Al saltar las vayas, vertieron unos braseros y los coches apilados que había en el set empezaron a arder. Pese a todo, el desfile no paró, y el incidente se convirtió en parte del espectáculo. También fue emocionante cuando en al final del desfile primavera-verano de 1999 se produjo una coreografía entre una modelo y dos máquinas. La modelo vestía un tul blanco que sirvió de lienzo para que las dos máquinas arrojaran pintura sobre él, manchándolo de negro y amarillo.

Otro de sus desfiles más sonados fue “Voss”. Una estructura de cristal era el set en el que las modelos se iban sucediendo. Ellas no podían ver quién estaba fuera, pero desde el exterior, los espectadores las observaban. Su apariencia era un tanto enfermiza y su obsesión por las aves se hizo más que patente en las plumas de los vestidos y en los tocados. Pero el verdadero espectáculo llegó al final. En el centro del escenario se desplegaba una caja rompiéndose sus partes en pequeños cristales que inundaron el set. Y sucedió de la forma más teatral. El diseñador recreó una fotografía del artista Joel-Peter Witkin, titulada Sanitarium. Un cuerpo desnudo con lo que parecía un respirador aparecía en escena a la vez que se liberaban las polillas que había en el interior. Así se recreaba la muerte y el renacimiento.

Puede que Mcqueen sea el claro ejemplo de que el dinero no da la felicidad. A medida que su cuenta iba sumando ceros, su felicidad menguaba. La cocaína aparecía en su vida, con ello llegaba la paranoia, la agresividad. Se habla de la muerte de Isabella Blow como uno de los detonantes que lo hundió en lo más oscuro. Lee era también seropositivo, cosa que ya en ese momento no era una sentencia de muerte, pero que le sumó en una gran depresión.

Su despedida del mundo de la moda fue el desfile primavera-verano 2010. Ese desfile estremeció a medio mundo. Lo localización elegida fue el Palacio Omnisports de París y la colección se presentaba como un nuevo capitulo, en un nuevo planeta. El ejército de modelos desfilaba con zapatos imposibles, pero poderosas. Estampados animales manipulados digitalmente protagonizaron las piezas, y los robots volvieron a estar presentes. Su despedida de la moda fue de sus apariciones más revolucionarias.

La muerte de su madre fue el detonante para que un 11 de febrero de 2010, justo antes del funeral de esta, el creativo decidiera poner fin a su vida. Según cuentan algunos de sus más allegados, la suya fue la crónica de una muerte anunciada. Un halo de tristeza inundó la industria de la moda, que quedó totalmente conmocionada.

Se dice que McQueen fue un romántico, y que el gran amor de su vida fue su trabajo. Puede que ese fuera su peor error, pero también el motivo por el que se le recuerda y el precio que tuvo que pagar por dejar una huella imborrable en la sociedad. Su últimos años fueron un viaje de la cumbre a la decadencia más absoluta. Y el final de esa viaje fue su desaparición. La industria se puso de luto porque perdía a un genio que cumplió con creces su objetivo último: no dejar indiferente a nadie. Lo mantuvo hasta el final, y aún ahora lo hace con las nuevas generaciones, que recuerdan y respetan su legado. McQueen es, sin duda, una de las razones por las que algunos románticos y rebeldes empedernidos hoy siguen eligiendo amar la moda.

 

 

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