Glenn Martens presentó hace unos días su primera colección de ready-to-wear para Maison Margiela, un desfile marcado por la atención que acaparaban las bocas de los modelos, abiertas y sujetas con los cuatro pespuntes de la casa. Lo que empezó como un gesto deliberado de rechazo al branding ha terminado coronándose como uno de los símbolos más reconocibles de la casa.
Cuando Martin Margiela y Jenny Meirens fundaron la firma a finales de los 80, estaban radicalmente en contra de la idea de «ropa de diseñador». Su solución fue añadir estos cuatro pespuntes en la parte de atrás de la etiqueta para que los compradores pudieran deshacerse de ella al llevársela a casa, de forma que la prenda quedase completamente limpia, libre de nombres, logos o monogramas, bajo el pretexto de que la ropa hablase por sí misma.
«Cuando la gente entraba en una tienda y veía ropa sin nombre, despertaba su curiosidad», comentaba Meirens en una entrevista de 2017. Este anonimato, como era de esperar, terminó siendo magnético, convirtiéndose en uno de los sellos de identidad más reconocidos en la industria de la moda y que se ha convertido exactamente en lo que trataba de evitar.
Algunos de los creadores que han dado forma a la cultura de nuestros días como Virgil Abloh o Demna Gvasalia han evolucionado esta filosofía de la deconstrucción y de la apropiación. Tras Galliano, Glenn Martens cierra el círculo poniendo las cuatro puntadas directamente en el frente, un símbolo de la contradicción en la industria de la moda.