Como sucede con celebraciones de tal dimensión, el Primavera Sound es, en realidad, una suma de muchos pequeños festivales. Está el cartel grande, el que ocupa los escenarios principales, pero también encontramos una capa de programación más pequeña, más rara, en la que muchas veces se encuentran algunos de los nombres más interesantes de la programación.

Levi’s®, por segundo año consecutivo, ha decidido jugar ese partido. Y un año más, lo ha bordado.

Tres espacios propios desplegaban una programación curada especialmente por la marca, cada uno con su propia personalidad. The Levi’s® Plaza funcionaba como el espacio más abierto, trasladando la idea de plaza pública al recinto: punto de encuentro, sitio por el que se pasaba camino de otros lados, con un espacio de personalización incluido en directo.

 

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The 501 Club, montado en colaboración con COLORSxSTUDIOS, era seguramente donde encontrábamos algunas de las apuestas más interesantes. Y no es para menos, al asociarse con la plataforma que, la década pasada, fue capaz de redefinir cómo se ve (y se descubre) la música, trasladando eso a un directo para un festival dentro de un festival.

 

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The Levi’s® Warehouse, por último, era lo otro: más oscuro, más íntimo, presentado como refugio de los sonidos más esquivos del cartel. El espacio que llamaba a quedarse, no a pasar. Y por los tres pasaron nombres como Barry B, Natalia Lacunza, Rose Gray, Sade Oulotola, Cobrah, Isabella Lovestory, European Vampire o waterbaby. Un cartel que, leído de corrido, dice bastante: no es una programación diseñada para ser conservadora, sino pensada para coincidir con cierto tipo de oído.

 

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Esa última distinción es la que importa. Lo que Levi’s® ha hecho por segundo año consecutivo en el Primavera es ensanchar su universo, dar espacio a artistas que pertenecen a su imaginario y que artistas como Barry B – uno de los nombres propios de la escena española el pasado año – encontrasen allí su casa se forma orgánica, dejando su sello en el festival más grande de Europa.