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Antifashion I: Rick Owens

Publicado por el 13/02/2020 en Artículos

 

Nacer en un pueblo es algo que de alguna manera u otra te define. No debió ser fácil para Rick Owens hacerlo en Porterville, una pequeña localidad agrícola del interior de California, a principios de los 60. Durante su juventud recibió una rigurosa educación católica hasta que se fue a estudiar arte a Los Ángeles, donde se empapó de subculturas urbanas como el punk o la escena skinhead.

Estuvo dos años estudiando en L.A. tras los que se dedicó a realizar cursos de patronaje que le sirvieron para trabajar en el mundo de las falsificaciones de ropa. Tras un tiempo y con un gran aprendizaje a sus espaldas es contratado por la diseñadora Michèle Lamy, su musa, jefa y posteriormente pareja; con la que ha trabajado inseparablemente desde entonces.

 

 

No fue hasta 1994 que debutó bajo su propio nombre agitando el mundo de la moda. Y es que, en una época en la que Gaultier o Versace marcaban el ritmo con vistosos colores y supermodelos, una nueva corriente diametralmente opuesta apareció de la mano de Owens y muchos otros: el fenómeno antifashion.

Si hasta entonces en el sector se había tratado de seguir unas tendencias y marcar unas directrices estéticas, el antifashion suponía una ruptura con lo que se conocía hasta la fecha. Claramente se posiciona en contra del sistema, de los convencionalismos y de lo que se consideraba hasta entonces elegante, con discursos conceptuales en los que prima el mensaje y cómo se transmite (muchas veces haciendo uso de la performance).

Owens, por lo tanto, hace acopio de experiencias personales –plagadas de excesos durante la juventud– y un profundo sentido de individualidad que queda plasmado en sus primeras creaciones. Debuta en 2002 en la Semana de la Moda de Nueva York (a los 41 años) con un lenguaje aséptico e íntimo a partes iguales que aún hoy en día podemos ver en las nuevas colecciones. La esencia de su firma homónima no ha cambiado a lo largo de los años y es por ello que su estética es tan característica e identificable.

 

 

Esto no ha sido fruto de la casualidad, puesto que son incontables las ocasiones desde sus inicios en las que el americano ha rechazado ofertas de adquisición por su marca. Cuidar hasta el más mínimo detalle es fundamental, y con terceras personas dirigiendo la empresa sería imposible. Además, para él, mantener un legado que perdure es mucho más importante que todo el dinero que le puedan ofrecer (del que no creo que ande escaso).

En 2003, tras meses dándole vueltas, Rick y Michèle se trasladan de Los Ángeles a París, donde viven a día de hoy. Un atraco por las calles angelinas fue la gota que colmó el vaso para el cambio de residencia, pero la idea de trasfondo tenía que ver con el desarrollo de sus obras. Según el propio diseñador: “En Europa, y especialmente en París, estás obligado a desarrollar al máximo tu estética, en un ejercicio casi poético”. Descontentos con el mercado americano, emprendieron una aventura en Francia que no les ha ido nada mal.

 

 

Unas veces cargadas de crítica, otras de sátira, el californiano ha conseguido crear un universo oscuro muy reconocible. En el antifashion en el que Rick Owens se inscribe como marca, las tendencias no están para seguirlas, sino para desafiarlas. Y esto no es nada fácil, ya que en este escenario compites año a año contra el peor rival posible: uno mismo.

De la misma manera que la compañía se aleja de la moda más tradicional, no existiría sin ella. Moda y antimoda beben la una de la otra y no se concibe la conversación que se da entre estos fenómenos si falta uno de los interlocutores. Por otro lado, Owens, competitivo hasta la médula, ha demostrado superarse a sí mismo y sorprender de la forma más inesperada posible. Cada desfile del diseñador es un lienzo en blanco para la autoexpresión más salvaje. Porque es un hombre de extremos que, al igual que su obra, no tiene término medio. O amas su estética radicalmente alejada de los clichés o la odias.

 

 

Destacan colecciones como Vicious (Primavera/Verano 2014) que consistió en un dramático baile que apostaba por la igualdad y la inclusividad, Sphinx (Otoño/Invierno 2015), en la que las prendas estaban diseñadas para dejar el pene a la vista o Cyclops (Primavera/Verano 2016), en el que las modelos desfilaron con otras modelos a modo de mochila, atadas en la espalda o en el pecho. Gracias a su particular visión, es perfectamente capaz de hacer que sus pasarelas estén protagonizadas por personas de una belleza inalcanzable o por seres andróginos propios de un futuro postapocalíptico.

Son numerosos los actos en los que el creativo abraza la performance como forma extra de exponer su mensaje más allá de la ropa, pero también lo hace de otras maneras. Por ejemplo, con la línea de mobiliario de su firma, de la que se encarga su musa Michèle. Evidentemente la estética de los muebles continúa con el hilo conductor que dirige la vida y obra de Owens. Se caracterizan por su look&feel brutalista, robusto y monocromo.

 

 

Más allá de su magnífica labor de patronaje, de sus shows llenos de performance o de las diferentes disciplinas en las que ha probado a expresarse, el californiano ha conseguido crear un universo propio tan característico que, cuando ves una prenda de Rick, sabes que lleva su sello.

Oscuro, sin normas ni tabús y con una enorme predisposición para la experimentación, ha creado su imperio. No sabemos qué será lo próximo que veamos por parte de la casa ni tampoco podemos imaginar por dónde vendrá la innovación esta vez pero, sin ninguna duda, dará que hablar. Y es que Owens tiene ese algo capaz de hacer que hasta la seda parezca ruda.

 

* Este Capítulo 1 de la serie de artículos Antifashion está inspirado en el documental de 2012 del mismo nombre dirigido por Olivier Nicklaus. Lee aquí el Capítulo 2Capítulo 3 y Capítulo 4.

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